Piedra negra sobre una piedra blanca

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En una carta fechada en París el 5 de Junio de 1925, Cesar Vallejo le vuelve a escribir a su amigo y compatriota Pablo Abril de Vivero, escritor y diplomático. En ella, como en tantas otras ocasiones, solicita de manera urgente su auxilio, aduciendo a las continuas fiebres y extrañas dolencias, tanto físicas como psíquicas, que últimamente viene sufriendo, provenientes, asegura desesperado, de la calamitosa miseria que sobrelleva desde hace dos años. Mi vida, le dice, no me sirve ni a mí ni a nadie... En octubre de 1923 había sido operado de una hemorragia intestinal, habiéndosele extirpado una parte del estómago. A partir de entonces, alimentarse le resultó aun mas difícil y ya no solo por la falta acuciante de dinero, que le llevaba, como refería, a salir a menudo con un frío de quince a veinte grados bajo cero a la búsqueda de diez céntimos – y aún cinco – caminando hasta encontrarlos. Durante años, en la más absoluta pobreza, Vallejo se alimentó casi exclusivamente de pequeñas patatas, casi de desecho, con brotes verdes, de las más baratas del mercado,  “papas“ originarias – el colmo de la fatalidad o broma cruel del destino – del Perú. Las comía sin pelar, para aprovecharlas al máximo, y mal cocidas, para ahorrar el gasto, en un esfuerzo  estremecedor por sobrevivir. Pero el deterioro de su salud fue progresivo e irremediable. El 28 de Mayo de 1928, en otra de sus angustiosas cartas, expone, sobre su agónico calvario: Le escribo en un estado de espíritu horrible… Estoy enfermo de una enfermedad de lo más complicada… estómago, corazón, pulmones… Estoy hecho un cadáver… No puedo ya ni pensar… Y será finalmente en marzo de 1938 cuando ingresa en la Clínica del Boulevard Arago, delirando, con calenturas de hasta cuarenta y un grados, falleciendo a las cinco de la mañana del 15 de Abril, viernes santo. Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué, le había dicho el afamado Dr. Lemiére a Georgette Philipart, la esposa del poeta que incluso, en su aflicción, había requerido la ayuda de curanderos y brujos. En efecto, los resultados de las pruebas de sangre y otros análisis clínicos y radiográficos resultaron inútiles y aparte de la desnutrición crónica, no hubo un diagnostico claro sobre la causa del fallecimiento. El hospital, para salir del paso, anotó en la partida de defunción “infección intestinal aguda”. Para Pablo Neruda, el cholo murió del aire sucio de París, para otros, de tuberculosis o de sífilis o de paludismo o simple y tristemente, de arrastrar el hambre. Y también de pena por España, como dictaminó certero Hans Magnus Erzenberger. Incluso el escritor chileno Roberto Bolaños, en su novela “Monsier Pain”, fabuló con la posibilidad de que muriera entre sanadores mesmericos y conspiraciones fascistas para asesinarle. Lo único evidente es que el poeta falleció, ante la impotencia de todos, en cumplimiento de su célebre y trágica profecía: Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya recuerdo. Fue enterrado en el humilde cementerio de Montrouge y tendría que pasar varias décadas para que se aceptara como causa del misterioso mal que lo mató el envenenamiento, pero no a causa de un complot fantasioso, sino por intoxicación crónica y letal de solanina, la peligrosa toxina de las patatas enverdecidas que, simulando una infección – que el laboratorio no aclara – con síntomas febriles, gastrointestinales, neurológicos y psiquiátricos, se fue acumulando poco a poco en su debilitado organismo hasta llegar a niveles críticos y ocasionarle, velada y dolorosamente, la muerte.
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