Recuérdalo tú…

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Contaba Richard Barker que, durante los años de redacción de su libro, “El largo trauma de un pueblo andaluz”, muchas veces tuvo que parar de escribir porque las lágrimas se lo impedían. Nacido en Nueva York, doctor en lengua y literatura española, este profesor se casó con una española, vecina de la población sevillana de Castilleja del Campo y tras una conversación fortuita mantenida en 1986 con un anciano de la localidad, durante años se dedicó, en sus estancias temporales en el pueblo, a investigar y reconstruir la historia local desde la proclamación de la II República hasta la muerte de Franco, haciendo especial hincapié en la sórdida e infausta etapa de la guerra civil y la posterior represión. En un libro en el que las fuentes orales ocupan un lugar primordial, Richard se involucró en su proyecto, no solo como historiador aficionado, sino como vecino con lazos familiares. Y lo que traslada al papel lo hace zambulléndose en la barbarie con la imparcialidad del investigador, pero también echando mano de la compasión y la piedad. En unos años en los que las autoridades militares afirmaban que para dominar con el terror había que mostrarse terrible, en las que los pistoleros tenían una sensación ilimitada de impunidad, dado que sabían que nunca tendrían que responder de sus acciones ante la ley, los sucesos y voces que reúne en su páginas son sobrecogedores, rayando el tremendismo, resultando inconcebibles tanto odio y brutalidad. Como el testimonio de un tal Narciso Luque, al recordar, casi sesenta años después, cómo la barbarie de los vencedores no hacia distinciones de sexo ni estado ni edad y exponía el caso de la mujer de Aznalcollar que se llevaron amarrada con la hija para asesinarlas y resultaba que la pobrecilla, refería aún conmovido, estaba cumplida para tener familia y aun así la fusilaron y fueron a darle el tiro de gracia y vieron que el chiquillo se la había salido, del terror o lo que fuera, que se le había salido, pero vivo y entonces uno de los verdugos dijo ¡Coño! ¿Qué te parece? Esta parió aquí mismo y otro del pelotón va y le dice Pues, éste, hay que matarlo ¿Qué le vamos a hacer? y allí mismo lo reventaron con la culata del fusil. Y lo peor de todo es que casos así se conocieron porque los verdugos, falangistas o guardias civiles, en su deshumanización absoluta, fueron los que contaron la historia, como si tal cosa, que fueron ellos mismo los que, sin ningún remordimiento ni vergüenza, se jactaron en el pueblo, a quien quisiera oírles, de haber llevado a cabo semejante atrocidad. Y Richard, lo grababa todo en sus casettes y luego, a solas, empleaba horas y horas en pasarlas al papel, y había veces que tenía que detener el magnetófono y parar, solo por un momento, dejar de oír, dejar de saber, dejar de escribir.

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