Bill Evans

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Obsesivo, fóbico, retraído, arisco, huraño, apesadumbrado, inseguro y auto destructivo, con todos estos calificativos se despacha Peter Pettinger en su biografía (Vida y música de Bill Evans, Global Rhythm Press, Barcelona, 2007) sobre Evans, el pianista de exquisita sensibilidad, de personalidad seria e introvertida, cuya costumbre de tocar con la cabeza gacha le había conducido, en sus últimos años, casi a rozar la frente con las teclas del instrumento, como si quisiera meterse dentro del piano y olvidarse de todo lo que le estorbaba, que  – a excepción de la música – prácticamente era todo, publico incluido. De extraordinaria formación clásica – era un experto interprete de Liszt, Chopin, Rachmaninov, Schumann, Debussy, Ravel… – el músico reservado, intelectual y pulcro, el que fuera considerado el último romántico del jazz fue casi ninguneado por unos y por otros – lo que le hizo dudar siempre de su talento – que lo consideraban poco más que un insustancial pianista de salón e incluso cuando Miles Davis, que sí lo admiraba, en abril de 1958 – entonces el jazz era un mundo dominado por los negros – le llamó para integrarse en su célebre quinteto – con el que Evans grabó el, para muchos, mejor disco de la historia, Kind of blue – hasta el mismísimo Coltrane, al parecer, expresó su disconformidad con el fichaje de “un blanco”. No sería hasta junio de 1961, cuando Evans, encuentra su sitio, formando con su singular modestia un trío excepcional – junto al batería Paul Motian y el contrabajista  Scott LaFaro – que grabaría en el Village Vanguar, el templo neoyorkino del jazz,  Sunday at the Village Vanguard, reinventando el lenguaje del trio de jazz, donde el protagonismo musical es el mismo para cada uno de los tres componentes. Un mes más tarde, LaFaro moría en un accidente de automóvil y Evans se vería obligado a experimentar con otros músicos hasta y, tras muchos devaneos, apostar por Marc Johnson y Joe LaBarbera, con los que, el 12 de diciembre de 1979, apenas un año antes de morir, actuó por primera – y última vez – en España, en un oscuro y estrecho sótano de madrileño convertido en club de jazz. El publico del legendario Balboa Jazz Club recibió con entusiasmo y admiración a un desmejorado Evans, fueron ellos los privilegiados asistentes a un concierto en el que el músico, de figura desgarbada, casi descoyuntada, con la cabeza vencida sobre las teclas, pareció tocar el piano para sí mismo, sin pronunciar una sola palabra – no llegó ni siquiera a balbucear un hola ni a presentar los temas – , limitándose taciturno a mover sus manos, de dedos hinchados a causa de la hepatitis crónica que padecía y que agravaba su adicción a la heroína. Alguien del público – como suele suceder en este país – grabó, a escondidas, sin el permiso de los músicos, aquella actuación sobria. Aunque la calidad del sonido no es demasiado buena, acabó siendo editado en tres álbumes por Ivory – Live at Balboa Jazz Club – y no deja de ser un documento sonoro histórico, el último trío del mejor pianista “blanco” – que conformó todo un estilo artístico, de un lirismo elegante, sereno y sutil – y el más influyente, junto a Thelonius Monk, de la historia del jazz.
Juan Claudio Cifuentes (qué grande fuiste, Cifu) en su A todo jazz, dedicó dos programas, los días 27 y 28 de Diciembre de 2014, al concierto en Madrid de Bill Evans. Los puedes buscar aquí:
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