Malos tempos

A la memoria de Angelita

Asunción Angeles Castro se casó muy joven, al poco de cumplir los dieciocho años, con su pretendiente de toda la vida, Manoel Ferraez, un rapaz vivaracho y cumplidor que vivía en un valle cercano, con el que compartió toda la infancia y adolescencia. Al año de celebrar la  humilde boda, en la que no hubo convite ni viaje de novios, ya esperaba el primer hijo, una niña que, tras un embarazo problemático, moriría en el parto. A los trece meses, deseosos de tener descendencia, llegó la segunda niña, que nació rolliza y sana y bautizaron en la Ermita de Budiño con el nombre de Emilia del Carmen. Vivían en una casita pequeña, de una sola habitación, con cama, aguamanil y lar, en un paraje próximo al río Miño, en la provincia de Pontevedra y subsistían gracias a lo poco que daba el trozo de terreno pedregoso que cultivaban y de las dos vacas frisonas que su marido poseía en heredad. A sus veinticinco años, tras varios abortos, siguiendo el consejo de una adivina y tras una serie de conjuros, se volvió a quedar encinta para satisfacer el anhelo obsesivo del esposo de tener un varón. El catorce de enero de 1937 trajo al mundo, en una noche de tormenta y tras un alumbramiento difícil, un niño. Apenas un mes antes, cuando vendía repollos y cebollas en el mercado de Salceda, habían detenido al marido y su hermano, afiliado al Partido Republicano, como tantos otros jóvenes se hallaba escondido por los montes. Según testigos que presenciaron el apresamiento de Manoel, al que no se le conocía actividad política alguna, la partida que fue a buscarlo estaba encabezada por un jefe falangista de la comarca con el que, al parecer, había tenido desavenencias por cuestiones de lindes de las tierras paternas. En cuanto al hermano, Iago de nombre pero conocido por O Piollo, alguna gente decía que había pasado la raya, pero aquella opción desesperada era la más peligrosa para los huidos, dado que la policía portuguesa, siempre vigilante y siguiendo las directrices de la política del gobierno Salazarista, los capturaba y entregaba de inmediato a las autoridades franquistas. A ella, que apenas sabía algo de la guerra y era muy devota de Santa Marta de Ribarteme, la había salvado el embarazo, pero igual allanaron la humilde morada y le raparon la cabeza en represalia, para marcarla dijeron, por el hermano fugitivo. Aún reponiéndose del parto, en el que estuvo a punto de perder la vida, al cabo de unas semanas Asunción se fue dando cuenta de que su hijo respiraba con dificultad, que lloraba mucho, que no dormía con la placidez debida. Era un bebé pequeño, con muy poco peso y ojos entreabiertos, que apenas mamaba. Con el remusgo y temor de que detrás de su mal no hubiera un simple romadizo, sino una voluntad oscura y perversa, un meigallo que tratara de secarlo, acudió acongojada a la bruxa de Truillo, que lo trató con ungüentos y oraciones y le colgó unos cuernos de vacaloura pero al cabo de los días el crío fue a peor, tenía ya fiebre, estaba más pálido, sus pequeños labios parecían de cera. Entonces, en un intento desesperado por salvarlo decidió ir a la localidad de Porriño, a casi quince kilómetros de distancia, el lugar más cercano con  servicio médico. Buscar atención de un galeno en aquellas tierras y por aquel entonces era algo excepcional, todo un lujo rayano casi en la excentricidad. Las enfermedades se curaban solas o con remedios caseros o brujería o bien se moría con la resignación de la fatalidad o  acatando sin más la voluntad de Dios. Principiaba el mes de marzo cuando dejó a su hija de seis años, muy a su pesar, a cargo de la casa, la huerta y las vacas, metió un trozo de pan de millo, un par de castañas benefactoras y las pesetas de las que disponía, pocas, en una pequeña talega y a primera hora de la tarde cogió, en el cruce del Tocal, el coche de línea, un Ford destartalado que hacía la ruta hasta Vigo y que a duras penas conseguía subir las cuestas y sortear los baches. El crío lo llevaba en brazos, arropado y envuelto en una vieja manta. Porriño, como toda Galicia, estaba tomada desde inicios de la guerra y férreamente controlada por las tropas nacionales. A la llegada al pueblo, como venía siendo habitual, los detuvo una cuadrilla de falangistas locales. Entraron en el vehículo apuntando a los viajeros con las armas, golpearon a un anciano por no llevar la documentación, le obligaron a levantarse y saludar brazo en alto y se acercaron con chulería a Asunción y uno de ellos, de un manotazo, le quitó el pañuelo que le cubría la cabeza. Le puso el cañón de una pistola Astra en la sien, le llamaron rusa y puta. Se rieron cuando uno le preguntó si iba al pueblo a comprarse una peluca de pelambreras de maíz o a vender al niño en el mercado. Ella no se movió ni abrió la boca. Cuando llegó a la parada, en la plaza mayor, se bajo con las piernas temblando y estrechando a su hijo contra el pecho se dirigió a toda prisa a la Rúa do Pinar. Encontró el portal número once. La enfermera, una chica muy joven, le dijo que el médico se marchaba ya, pero, apiadándose, la hizo pasar. En la salita de espera no había nadie. El doctor Elías Martínez, que meses más tarde sería fusilado, se quitó los guantes y el abrigo y sobre la camilla auscultó y exploró al crío en silencio. Tras unos minutos desasosegantes, miró con conmiseración a la mujer y su cabeza rasurada y le dijo que el niño padecía una dolencia pulmonar muy grave, que lamentablemente ya no había nada que hacer, que si era creyente o quería bautizarlo, buscara la asistencia de un sacerdote. No quiso aceptar la remuneración por la consulta. Asunción, con las lágrimas bajándole por las mejillas y la criatura muriéndose en sus brazos, acudió entonces a la Iglesia del San Sebastián, a la casa del párroco, ya anocheciendo. Llamó a la puerta, los golpes de la aldaba resonaban en toda la calle, se abrió el ventanuco que hacía de mirilla, alguien desde dentro oyó el acuciante y humanitario ruego y cerró sin decir nada. Tras hacerla esperar casi veinte minutos eternos, volvió a abrirse y el ama, habiéndole visto la cabeza pelada, con toda la animadversión y el odio que pudo hace acopio, soltando las palabras como perdigonadas, le dijo que el cura no estaba, que había salido para un asunto a Tui, que se buscara ahora, roja da merda, a un comunista que supiera hacer cristiano al neno. Era ya noche cerrada, el viejo Ford hacía casi una hora que había marchado de vuelta. El orvallo caía constante y desapacible. En el pueblo no se veía un alma, tampoco allí conocía a nadie. Se resguardo en un zaguán, besaba al niño a oscuras, lo acariciaba, lo oía apenas respirar, notando ya su carita fría. Cuando sonó las once en las campanas del Concello decidió volver a casa a pie. No podía exponerse a que la encontraran a la intemperie u ocultándose de madrugada en plena calle, la detuvieran  y le quitaran a su hijo y, siendo capaces de todo, lo tiraran como un despojo en cualquier parte. Cubriendo el cuerpecito con un pequeño hule que había traído previsoramente, con precaución y sigilo salió de pueblo, bajo el canto agorero de búhos y lechuzas. La lluvia enseguida empezó a arreciar. A través del boscaje trató de dirigirse hacia el sur, sin perder de vista el camino por el que había llegado en el Ford, pero evitándolo para no encontrarse con alguna patrulla de la Guardia Civil. Cuando estuvieron empapados, encontró refugio en una pallouza abandonada. Allí pasó el resto de la noche, oyendo los ruidos de los porcos bravos y los raposos, acunando y cantándole nanas al niño ya muerto. Al alba, entre el matraqueo de las urracas que sobrevolaban la carballeira, prosiguió la vuelta por senderos y trochas de contrabandistas, sin dejar de abrazar y resguardar el pequeño cadáver. Llegó a casa a media mañana, tiritando, sucia de resbalar y caerse en el barro, arañada por los arbustos y las zarzas. Con la ayuda de su hija lavó primorosamente al niño, lo envolvió en una sabana limpia, le abrió la boca y le colgó un escapulario del Corazón de Jesús. Sabía que no le permitirían enterrarlo en el cementerio de San Salvador, donde le correspondía, dado que no estaba bautizado, pero no quiso llevar el cuerpecito hasta el cruceiro do Coto, la tierra sagrada más próxima. era muy peligroso aventurarse clandestinamente hasta allí, en plena noche, con un candil, una azada y sola, así que aquella misma tarde, bajo el sirimiri, mientras los perros aullaban, abrió una hoyo en el mejor sitio de la pequeña huerta, junto a un regato cristalino. Para no enterrarlo a cuerpo metió a su hijo dentro de una caja de madera, encontrada en una cuneta, que había contenido municiones de la guerra. Le pintaron sobre la tapa, a brocha, con un poco de pintura, una cruz y el nombre que allí mismo decidieron ponerle: Inocencio. Rezaron unas oraciones, plañeron abrazadas madre e hija y finalmente cubrieron de tierra el improvisado y pequeño féretro y encima colocaron una gran piedra para que las alimañas no escarbaran. A partir de ese momento vistió de riguroso luto, dejaron de cultivar la zona con el deseo de convertirla en un hermoso jardín y junto la tumba plantaron el esqueje de un árbol. Asunción no volvió a ver a su marido, nunca supo qué fue de él, tampoco llegaría a conocer a otro hombre, decidió esperarlo siempre, aunque sabía que, con toda seguridad,  podía estar, como tantos otros, en el fondo del río o en cualquier fosa en el monte. De su hermano Iago tampoco tuvo noticias, algunos allegados aseguraban que se incorporó a la guerrilla y que a la desaparición de esta, bajo la apariencia de un mendigo, había logrado cruzar el país vecino, llegar a Lisboa y embarcarse hacia la Argentina donde, según referían otros emigrados, era dueño de un próspero almacén, pero nunca recibió la carta o la postal tan esperada. Sin más fuerzas que su entereza y voluntad, sacó adelante a su hija y la casa, trabajó duramente la tierra, ganándole terreno a la maleza, vendía al amanecer la leche, siempre a pie, cargando con las jarras, por los caseríos y aldeas cercanas. A los treinta años parecía una mujer de cincuenta y tantos. Ahorrando céntimo a céntimo pudo adecentar y ampliar la vivienda, hacerse con un corral de gallinas ponedoras, construir un pozo de buen agua y darle estudios a Emilia, que llegaría a ser maestra en una escuela de A Guardia, ya en la costa atlántica. Asunción Castro murió a los noventa y dos años de edad, en la misma casa donde vivió toda su vida, se le paró el agotado corazón una mañana de Junio, mientras miraba con un atisbo de sonrisa, desde su mecedora, el vergel de gardenias, camelias y rosas. Junto la tumba del niño crece hoy un enorme y hermoso roble.

 

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