Cold in hank blues

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y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo.

ALEJANDRA PIZARNIK (El infierno musical, Siglo XXI Ed, Buenos Aires, 1971)

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Baldo Martínez

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Conocí a Baldo cuando coordinaba el tristemente desaparecido Festival de Jazz de Sanlúcar. Por aquel entonces – hace como quince años – tuvimos el placer de contar en el cartel con su Baldo Martínez Grupo, que contaba con David Herrington a la trompeta, Antonio Bravo a la guitarra y Pedro López a la percusión y batería. Desde entonces el gran contrabajista y compositor gallego no ha dejado de experimentar ni emprender nuevos proyectos (recuerdo un concierto fantástico, su celebrado Projecto Miño, en el Festival Imaxinasons de Vigo) que le ha convertido en uno de los músicos más representativos y valorados del jazz nacional y europeo. La nueva edición del grupo, incorporando a Juan Saez como flauta y saxo tenor, sacó a la luz este año “Vientos cruzados” (Karonte records, 2016) un disco donde vuelve otra vez a reinventarse pero manteniendo el sello inconfundible de su música, la imaginación y frescura de un planteamiento abierto que bebe tanto de la improvisación y la libertad creativa como de las fuentes folklóricas y contemporáneas. El nuevo trabajo cuenta con los siguientes temas: “Abismo”, “Ruta”, “Vientos cruzados”, “Sombra”, “Como el mar”, “Ao redor do Mundo” y “El amante del riesgo” y fue grabado – todas la composiciones son de Baldo Martínez – el 4 de Mayo en Infinity estudios (Madrid).
Uno de los temas del disco: https://vimeo.com/166517271

Malos tempos

A la memoria de Angelita

Asunción Angeles Castro se casó muy joven, al poco de cumplir los dieciocho años, con su pretendiente de toda la vida, Manoel Ferraez, un rapaz vivaracho y cumplidor que vivía en un valle cercano, con el que compartió toda la infancia y adolescencia. Al año de celebrar la  humilde boda, en la que no hubo convite ni viaje de novios, ya esperaba el primer hijo, una niña que, tras un embarazo problemático, moriría en el parto. A los trece meses, deseosos de tener descendencia, llegó la segunda niña, que nació rolliza y sana y bautizaron en la Ermita de Budiño con el nombre de Emilia del Carmen. Vivían en una casita pequeña, de una sola habitación, con cama, aguamanil y lar, en un paraje próximo al río Miño, en la provincia de Pontevedra y subsistían gracias a lo poco que daba el trozo de terreno pedregoso que cultivaban y de las dos vacas frisonas que su marido poseía en heredad. A sus veinticinco años, tras varios abortos, siguiendo el consejo de una adivina y tras una serie de conjuros, se volvió a quedar encinta para satisfacer el anhelo obsesivo del esposo de tener un varón. El catorce de enero de 1937 trajo al mundo, en una noche de tormenta y tras un alumbramiento difícil, un niño. Apenas un mes antes, cuando vendía repollos y cebollas en el mercado de Salceda, habían detenido al marido y su hermano, afiliado al Partido Republicano, como tantos otros jóvenes se hallaba escondido por los montes. Según testigos que presenciaron el apresamiento de Manoel, al que no se le conocía actividad política alguna, la partida que fue a buscarlo estaba encabezada por un jefe falangista de la comarca con el que, al parecer, había tenido desavenencias por cuestiones de lindes de las tierras paternas. En cuanto al hermano, Iago de nombre pero conocido por O Piollo, alguna gente decía que había pasado la raya, pero aquella opción desesperada era la más peligrosa para los huidos, dado que la policía portuguesa, siempre vigilante y siguiendo las directrices de la política del gobierno Salazarista, los capturaba y entregaba de inmediato a las autoridades franquistas. A ella, que apenas sabía algo de la guerra y era muy devota de Santa Marta de Ribarteme, la había salvado el embarazo, pero igual allanaron la humilde morada y le raparon la cabeza en represalia, para marcarla dijeron, por el hermano fugitivo. Aún reponiéndose del parto, en el que estuvo a punto de perder la vida, al cabo de unas semanas Asunción se fue dando cuenta de que su hijo respiraba con dificultad, que lloraba mucho, que no dormía con la placidez debida. Era un bebé pequeño, con muy poco peso y ojos entreabiertos, que apenas mamaba. Con el remusgo y temor de que detrás de su mal no hubiera un simple romadizo, sino una voluntad oscura y perversa, un meigallo que tratara de secarlo, acudió acongojada a la bruxa de Truillo, que lo trató con ungüentos y oraciones y le colgó unos cuernos de vacaloura pero al cabo de los días el crío fue a peor, tenía ya fiebre, estaba más pálido, sus pequeños labios parecían de cera. Entonces, en un intento desesperado por salvarlo decidió ir a la localidad de Porriño, a casi quince kilómetros de distancia, el lugar más cercano con  servicio médico. Buscar atención de un galeno en aquellas tierras y por aquel entonces era algo excepcional, todo un lujo rayano casi en la excentricidad. Las enfermedades se curaban solas o con remedios caseros o brujería o bien se moría con la resignación de la fatalidad o  acatando sin más la voluntad de Dios. Principiaba el mes de marzo cuando dejó a su hija de seis años, muy a su pesar, a cargo de la casa, la huerta y las vacas, metió un trozo de pan de millo, un par de castañas benefactoras y las pesetas de las que disponía, pocas, en una pequeña talega y a primera hora de la tarde cogió, en el cruce del Tocal, el coche de línea, un Ford destartalado que hacía la ruta hasta Vigo y que a duras penas conseguía subir las cuestas y sortear los baches. El crío lo llevaba en brazos, arropado y envuelto en una vieja manta. Porriño, como toda Galicia, estaba tomada desde inicios de la guerra y férreamente controlada por las tropas nacionales. A la llegada al pueblo, como venía siendo habitual, los detuvo una cuadrilla de falangistas locales. Entraron en el vehículo apuntando a los viajeros con las armas, golpearon a un anciano por no llevar la documentación, le obligaron a levantarse y saludar brazo en alto y se acercaron con chulería a Asunción y uno de ellos, de un manotazo, le quitó el pañuelo que le cubría la cabeza. Le puso el cañón de una pistola Astra en la sien, le llamaron rusa y puta. Se rieron cuando uno le preguntó si iba al pueblo a comprarse una peluca de pelambreras de maíz o a vender al niño en el mercado. Ella no se movió ni abrió la boca. Cuando llegó a la parada, en la plaza mayor, se bajo con las piernas temblando y estrechando a su hijo contra el pecho se dirigió a toda prisa a la Rúa do Pinar. Encontró el portal número once. La enfermera, una chica muy joven, le dijo que el médico se marchaba ya, pero, apiadándose, la hizo pasar. En la salita de espera no había nadie. El doctor Elías Martínez, que meses más tarde sería fusilado, se quitó los guantes y el abrigo y sobre la camilla auscultó y exploró al crío en silencio. Tras unos minutos desasosegantes, miró con conmiseración a la mujer y su cabeza rasurada y le dijo que el niño padecía una dolencia pulmonar muy grave, que lamentablemente ya no había nada que hacer, que si era creyente o quería bautizarlo, buscara la asistencia de un sacerdote. No quiso aceptar la remuneración por la consulta. Asunción, con las lágrimas bajándole por las mejillas y la criatura muriéndose en sus brazos, acudió entonces a la Iglesia del San Sebastián, a la casa del párroco, ya anocheciendo. Llamó a la puerta, los golpes de la aldaba resonaban en toda la calle, se abrió el ventanuco que hacía de mirilla, alguien desde dentro oyó el acuciante y humanitario ruego y cerró sin decir nada. Tras hacerla esperar casi veinte minutos eternos, volvió a abrirse y el ama, habiéndole visto la cabeza pelada, con toda la animadversión y el odio que pudo hace acopio, soltando las palabras como perdigonadas, le dijo que el cura no estaba, que había salido para un asunto a Tui, que se buscara ahora, roja da merda, a un comunista que supiera hacer cristiano al neno. Era ya noche cerrada, el viejo Ford hacía casi una hora que había marchado de vuelta. El orvallo caía constante y desapacible. En el pueblo no se veía un alma, tampoco allí conocía a nadie. Se resguardo en un zaguán, besaba al niño a oscuras, lo acariciaba, lo oía apenas respirar, notando ya su carita fría. Cuando sonó las once en las campanas del Concello decidió volver a casa a pie. No podía exponerse a que la encontraran a la intemperie u ocultándose de madrugada en plena calle, la detuvieran  y le quitaran a su hijo y, siendo capaces de todo, lo tiraran como un despojo en cualquier parte. Cubriendo el cuerpecito con un pequeño hule que había traído previsoramente, con precaución y sigilo salió de pueblo, bajo el canto agorero de búhos y lechuzas. La lluvia enseguida empezó a arreciar. A través del boscaje trató de dirigirse hacia el sur, sin perder de vista el camino por el que había llegado en el Ford, pero evitándolo para no encontrarse con alguna patrulla de la Guardia Civil. Cuando estuvieron empapados, encontró refugio en una pallouza abandonada. Allí pasó el resto de la noche, oyendo los ruidos de los porcos bravos y los raposos, acunando y cantándole nanas al niño ya muerto. Al alba, entre el matraqueo de las urracas que sobrevolaban la carballeira, prosiguió la vuelta por senderos y trochas de contrabandistas, sin dejar de abrazar y resguardar el pequeño cadáver. Llegó a casa a media mañana, tiritando, sucia de resbalar y caerse en el barro, arañada por los arbustos y las zarzas. Con la ayuda de su hija lavó primorosamente al niño, lo envolvió en una sabana limpia, le abrió la boca y le colgó un escapulario del Corazón de Jesús. Sabía que no le permitirían enterrarlo en el cementerio de San Salvador, donde le correspondía, dado que no estaba bautizado, pero no quiso llevar el cuerpecito hasta el cruceiro do Coto, la tierra sagrada más próxima. era muy peligroso aventurarse clandestinamente hasta allí, en plena noche, con un candil, una azada y sola, así que aquella misma tarde, bajo el sirimiri, mientras los perros aullaban, abrió una hoyo en el mejor sitio de la pequeña huerta, junto a un regato cristalino. Para no enterrarlo a cuerpo metió a su hijo dentro de una caja de madera, encontrada en una cuneta, que había contenido municiones de la guerra. Le pintaron sobre la tapa, a brocha, con un poco de pintura, una cruz y el nombre que allí mismo decidieron ponerle: Inocencio. Rezaron unas oraciones, plañeron abrazadas madre e hija y finalmente cubrieron de tierra el improvisado y pequeño féretro y encima colocaron una gran piedra para que las alimañas no escarbaran. A partir de ese momento vistió de riguroso luto, dejaron de cultivar la zona con el deseo de convertirla en un hermoso jardín y junto la tumba plantaron el esqueje de un árbol. Asunción no volvió a ver a su marido, nunca supo qué fue de él, tampoco llegaría a conocer a otro hombre, decidió esperarlo siempre, aunque sabía que, con toda seguridad,  podía estar, como tantos otros, en el fondo del río o en cualquier fosa en el monte. De su hermano Iago tampoco tuvo noticias, algunos allegados aseguraban que se incorporó a la guerrilla y que a la desaparición de esta, bajo la apariencia de un mendigo, había logrado cruzar el país vecino, llegar a Lisboa y embarcarse hacia la Argentina donde, según referían otros emigrados, era dueño de un próspero almacén, pero nunca recibió la carta o la postal tan esperada. Sin más fuerzas que su entereza y voluntad, sacó adelante a su hija y la casa, trabajó duramente la tierra, ganándole terreno a la maleza, vendía al amanecer la leche, siempre a pie, cargando con las jarras, por los caseríos y aldeas cercanas. A los treinta años parecía una mujer de cincuenta y tantos. Ahorrando céntimo a céntimo pudo adecentar y ampliar la vivienda, hacerse con un corral de gallinas ponedoras, construir un pozo de buen agua y darle estudios a Emilia, que llegaría a ser maestra en una escuela de A Guardia, ya en la costa atlántica. Asunción Castro murió a los noventa y dos años de edad, en la misma casa donde vivió toda su vida, se le paró el agotado corazón una mañana de Junio, mientras miraba con un atisbo de sonrisa, desde su mecedora, el vergel de gardenias, camelias y rosas. Junto la tumba del niño crece hoy un enorme y hermoso roble.

 

Julio en el corazón

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Aunque acaso vida y muerte

sean una misma y plural acogida,

ingentes brazadas,

lumínicas.

ardorosas luchas.

 

A un nuevo siglo

abiertas las mañanas,

días rasgados

en su mitad más muda.

 

que la muerte

vendrá a por la vida,

diáfana,

puntual.

firme y segura.

 

Pero me va a encontrar en rebeldía.

 

Julio Vélez  (LOS FUEGOS PRONUNCIADOS, 1985)

 

Cuando llega estas fechas, cercanas a la navidad, me acuerdo de Julio, saco de la estantería sus libros, los pongo en la mesa (…a la mesa de un buen amigo he almorzado, decía Cesar Vallejo, poeta del que Julio todo lo sabía y todo lo compartía) y los voy releyendo, salto de un poema a otro, como si los reencontrara y, jubiloso, los fuera abrazando. Julio iba camino de Bruselas para pasar las navidades, pero tuvo que ser internado en un hospital francés, donde murió un 23 de Diciembre de 1992, a los 46 años, como el gran Cholo. Leo sus poemas y me admiro siempre de su actitud generosa, de su lucidez crítica, de su compromiso político y humano. Eduardo Galeano, que tanto lo quiso, lo dijo mejor que nadie:

Un día, en una isla frente a las costas del África, yo conocí al poeta que solo odia a la muerte cuando la piensa en los demás. El poeta, hijo del cante flamenco y de César Vallejo, anda pasos y palabras entre su sol y su sombra, por los laberintos del alma y de Andalucía y el mundo, y mientras va nos descubre las luces que nacen de adentro y las lluvias que llueven desde la tierra al cielo.

Hace años tuve el honor y la suerte de que uno de mis libros fuese publicado a través del Centro Social Okupado Julio Velez, en su querido Morón. No he olvidado la confraternidad y la atención de aquellos amigos y he llevado como bandera, abriendo camino – uno de mis pocos orgullos literarios – que siempre pueda asociar el nombre de Julio Vélez con aquel poemario.

 

Bud Powell

 El magistral pianista Bud Powell, en su versión del célebre Anthropolgy, en una curiosa grabación en el Café Montmartre de Copenhagen, Dinamarca, en 1962. Le acompaña al bajo Niels-Henning Ørsted Pedersen, que en esas fechas apenas era un chaval de 16 años y el baterista Jorn Elniff. ¡Larga vida al bebop!

En la casa del padre

Viejo, dejaste el butacón vacío. La tele, que siempre tenías encendida y sin volumen, la debió de apagar alguien, no sé quién, cuando te acarearon en la ambulancia a morir en aquel hospital. Allí, en una habitación con una ventana sin vistas, separada dos metros de una pared leprosa, junto a otro anciano agonizante, te acompañé aunque ya no me veías y me entretuve en cagarme despacito en los muertos de aquellas enfermeras agrias, de aquella doctora pelirroja de escote generoso que en sus visitas de treinta segundos fingía apuntar pronósticos y quinielas y en realidad dibujaría garabatos o monigotes en el informe de seguimiento, de aquella limpiadora mascando chicle, mirandote de reojo mientras pasaba – a este no le queda ni medio telediario – el trapo de mierda, de aquellos celadores puretas, hablando del posible descenso del Cádiz mientras – qué bueno que ese tipo no sea yo – te cubrían la cara con la sabana. En el tanatorio, el imbécil más meritorio dijo que el corazón, cansado de ochenta y nueve años de latidos, se te había parado, hasta los mismísimos cojones seguramente, mientras yo recibía palmadas y estrechaba la mano a tipos que se irían a beber o a comer o a follarse sin ganas a la parienta, vigilando que el cura carroñero no se acercara a menos de cinco metros del ataúd, sin decir una sola palabra, hablando únicamente con la mirada, como siempre hiciste. No soy inocente, pero no me arrepiento de nada y tampoco tengo recuerdos para enmarcar. Y ni una puta lágrima, ni una, viejo. Estarás contento y quizás, por primeras vez, orgulloso. Siento, en todo caso, entre tantos desencuentros y silencios, no habernos tomado nunca juntos unas cervezas, ni haberte dicho a la cara, ya cuando te ibas: gracias, por lo que sea, por todo mismo. Y luego, cenizas  -¿las quiere el caballero en una urna?- me preguntó seriamente un andoba endomingado –  tan inútiles como las de mi cigarrillo. Entro hoy en la casa sin nadie. Los periódicos que te ponían de mala hostia siguen apilados en el rincón. El montón de cajas de medicamentos que te tragabas al tuntún están sobre la mesa. Encuentro uno de mis libros en un cajón. Le quito las pilas al reloj de la cocina. Me siento en tu butacón. Enciendo la tele. Sin volumen. Es mi turno. Todo seguirá igual, viejo, nada ha cambiado.

Cómic / 1

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Cipriano Mera, Durruti, Antoine Giménez, García Oliver, Simone Weil, Soledad Estorach, Casilda la miliciana, Felix Likiniano…

Los personajes del Corazón del Sueño son corazones revolucionarios, libertarios.

A lo largo del verano y otoño de 1936, estos corazones, mujeres y hombres, consiguieron avanzar a través de una grieta en la historia, una grieta que pudo cambiar el rumbo de lo conocido.  Atravesados por los conflictos entre las ideas y las imposiciones de la guerra, atravesados por las euforias eléctricas de las victorias y la cruda desesperación de las derrotas, los corazones de esta historia de historias son muestras de una dignidad monumental, de pasión por la libertad y por la justicia, de un deseo irreductible por alcanzar un mundo nuevo…

Para saber más del cómic y el autor:

http://rubenuceda.wixsite.com/dfdfdsdf/home

Para hacerte con un ejemplar:

https://www.ecologistasenaccion.org/tienda/letras-y-ciencias/1375-libro-el-corazon-del-sueno.html

¡Viva noviembre!

El día que amaneció con el Cabrón muerto, no hubo clases. Llegamos de mañana al colegio y todos los maestros estaban como atrincherados en la Sala de Profesores, bisbiseando y confabulados. Así que nos dejaron a nuestra bola. Uno de la panda, el Canijo, sacó entonces el paquete de Bisontes, birlado en la tascucha de su viejo, y nos juntamos a fumar y toser detrás del edificio, donde languidecía un arbolito, el único vegetal de aquella escuela con ínfulas de reformatorio. Era noviembre, como ahorita mismo, y hacía un montón de frío. Como teníamos claro cuál sería nuestro destino de niños descarriados y menesterosos, juntamos unas ramitas y algunos papeles y enseguida hicimos una pequeña hoguera. Había que ir practicando para cuando nos viéramos tirados en la puta calle. Tras fantasear un rato con meterle fuego al colegio, cuando se acabaron los pitillos y la fogata se extinguía decidimos volver al patio a echar un vistazo al panorama. Al cabo de un rato, un profesor se asomó y casi prorrumpiendo en sollozos, tartajeando de emoción, anunció que éramos libres, eso dijo, y que ese día no había clases y que nos fuéramos al carajo por ahí. Entre gritos de júbilo, el conserje, temblando, acertó por fin con la llave y abrió la puerta y por ella salimos todos en estampida, soltando blasfemias y patadas, hurras y empujones. Y ya afuera, vimos cómo el Director, un tipo barbudo y desaliñado, se acercaba dando saltitos de pollo a los mástiles de las banderas, vimos cómo arriaba sin solemnidad ni hostias el trapo rojigualda y cómo sacaba de una bolsa otro trapo, cómo lo ataba a la cuerda y cómo izaba el nuevo estandarte levantando el puño como si quisiera amenazarnos o pegarle un mamporro a alguien. Y todos, como digo, vimos ondear una bandera roja, que mas bien parecía un mantel y como no entendíamos nada y además nos importaba una mierda, alguien opinó no sé qué cosa de los toros y que si nos íbamos a la playa a gandulear o al colegio de monjas, a subirnos a la tapia y vacilar a las niñas y por el camino nos encontramos con el viejo loco del Guindi, con una botella en la mano, borracho como una cuba y cantando estiró la pata el Cabrón, olé, olé, estiró la pata el Cabrón… Y decidimos irnos detrás de él a festejarlo, porque aquella muerte de aquel cabrón pintaba bien, tenía que ser buena, muy buena cosa para, por lo menos, nuestro dudoso futuro y para nuestro deprimente barrio.
(De libro inédito “Todas las cosas que no hiciste antes de decir chau”)

Cortometrajes animados de jazz / 1

 

Leitmotif, creado en 2009, es un cortometraje de Jeanette Nørgaard, Marie Thorhauge, Marie Jørgensen y Mette Ilene Holmriis, con música de la primera, que nos cuenta la historia de un solitario y viejo músico de jazz, el único miembro en vida del grupo del que formó parte en su día – cuya compañía se reduce a un gato que le visita – y que sigue sintiendo nostalgia por los tiempos en que actuaba en directo con sus compañeros. Más como para casi todo hay solución, piensa, y se le ocurre una idea tan ingeniosa como disparatada…