Gracias, compañeros

 

En el año 2010 la CNT llegó a sus cien años de vida. Un siglo de luchas, repleto de compañeros y compañeras que han ido construyendo con sus vidas y su esfuerzo, el ideal libertario. Además del X Congreso celebrado en Córdoba, en noviembre tuvo lugar toda una serie de actos culturales, entre los que estaba este concierto del amigo y buen cantaor Pedro Obregón, acompañado a la guitarra por Flavio Rodrigues y al violín por Raúl Márquez. Emotivo y precioso, el acto, bajo el título” Poemas de ayer y hoy” tuvo lugar en las Caballerizas Reales y conmemoraba, también, el nacimiento de Miguel Hernández.

Montijo

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La dicha ha sido

salir de casa medio desnudo y descalzo

mientras amanecía el día de verano

coger el sendero entre dunas hacia la orilla

oyendo gaviotas y tórtolas morunas

con un par de pitillos,

una butaca playera, un libro

y no saber nunca bien

si era un lunes, un jueves

o qué.

Jazzuela

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Julio Cortázar fue mucho más que un mero aficionado al jazz. Su pasión por esta música moldeó en gran medida su creación literaria, condicionando buena parte de su escritura, exploradora e intuitiva como los elementos expresivos del mejor bebop. Hace unos años, con motivo del ciclo sobre el 50 aniversario de Rayuela, la Biblioteca Española de Música y Teatro Contemporáneos elaboró un estupendo estudio sobre el jazz en la obra de Julio Cortázar. A partir de las obras del escritor, de sus entrevistas, de sus artículos o de su correspondencia, se recopila múltiples fragmentos en los que el jazz, ya sea mediante la mención directa de su terminología, la relación o cita discográfica o la mención de músicos, aparece como el motivo principal de los textos. El libro, que no tiene desperdicio, se puede degustar en esta dirección:

http://recursos.march.es/web/bibliotecas/repositorio-cortazar/jazz/pdf/el-jazz-en-la-obra-de-cortazar.pdf

Y para los cronopios más recalcitrantes, aquí va una grabación – y otras golosas chucherías – donde se puede oír al mismo Cortazar leyendo El perseguidor, ahí es nada…

http://www.geocities.ws/juliocortazar_arg/inelperse.htm

Tarambana blues

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La tarde del siete de febrero de mil novecientos noventa y cuatro me metí en un tren nocturno, un expreso destartalado y penumbroso, con destino a Madrid. Toda la noche de viaje, como los ferrocarriles del siglo pasado, sentado la mayor parte del tiempo sobre la taza de un wc hediondo, fumando un canuto tras otro. Todo lo que llevaba conmigo era la ropa, o sea, la chupa, unas posturas de chocolate y algunas pirulas que pensaba vender en la entrada del Palacio de los Deportes para así conseguir, por lo pronto, los tres talegos que costaba el concierto de Nirvana. Yo era, por aquel entonces, un viejo de veintisiete años, sin nada que perder ni nada que ganar. No recuerdo muy bien cómo llegué y cómo pase el día en los madriles. A la hora del concierto iba ya completamente ciego, había vendido todo el costo, reservándome un pellizco y se me había pegado un tía majareta, una pija granujienta con la consabida camisa de a cuadros, con la que, cuando me quitaba el porro de la boca, morreaba a tontas y a locas, sin haber hablado apenas con ella, sin saber siquiera su nombre. Tampoco recuerdo gran cosa del concierto. El Kurt Cobain iba puesto, era evidente, como casi todo el público, gente metiéndose mierda, pasada de rosca, cientos de niñatos bien, disfrazados de vagabundos, con vaqueros rotos y greñas sucias. La grungre al final se hartó de mí y se fue con otro, un tipo borracho que quiso comprar mi chocolate y cuando le dije que se fuera a tomar por el culo me sacó torpemente una navaja. La sacó allí mismo, medio tambaleándose, con la peña dando saltos y empujándonos, así que pudo habérsela clavado a cualquiera. No sé cómo acerté en darle en los huevos, la cosa es que cayó al suelo como un pelele y yo ya me aburrí de todo aquello y me najé. Aun sonaba los acordes de Heart shaped box cuando salí de allí, dando tumbos. Descubrí entonces, al pisar un trozo de cristal, que había perdido un zapato, quizás cuando le di al panoli la patada. Tire cojeando para Atocha. Sentí hambre, no había comido nada en todo el día, no me había acordado de papear. En el bolsillo tenía casi dos mil pelas y varias chinas. Suficiente para el billete de vuelta al sur, un bocata de medio metro y toda la cerveza que pudiera tragar. Creo que ya lo he dicho, yo era un viejo de veintisiete años, al que en realidad le importaba un carajo Nirvana y cuya única preocupación en la vida, en aquel momento, era que se le había acabado el papel de liar.

(De libro inédito “Todas las cosas que no hiciste antes de decir chau”)

Antón

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“Bébete el mundo de un tirón, te sentirás mucho mejor”
BURNING
Agarraba la litrona con las dos manos y cuando acertaba a poner el gollete en la boca se la bebía a tragantadas. Luego chasqueaba la lengua y sonreía. Fumar le resultaba algo más complicado. Con el pitillo entre los labios, trataba temblón de acercarse la cerilla y esta bailaba delante de su cara, apurándose, hasta terminar por apagarse. Entonces se cagaba en dios y yo le daba candela, mientras chupaba, en una calada ávida, el Ducados. Solía encontrármelo en aquel descampado y cuando no estaba demasiado borracho hablábamos un rato, sentados en un sofá abandonado, con los muelles afuera. Decía llamarse Antón y tener cincuenta y nueve años, aunque aparentaba setenta. Sin dientes, con el sempiterno gorro de lana y una cara llena de cicatrices y arrugas, pedía limosna a las marujas, con desgana, sentando en la puerta del Lidl. Había nacido en Madrid, en el barrio de la Elipa – asiduo del Manivela, colega del Pepe Risi – con trece años robó una vespa y ya no paró de correr, siempre sin frenos y a toda hostia. Hace un par de años le escribí un poema, incluido en mi libro “Llegar hasta aquí”. Le regalé un ejemplar y se partía de risa. El sábado pasado murió en plena acera de una calle cualquiera, donde siempre vivió. El día anterior, vomitando sangre, había sido ingresado en el hospital pero mandó a tomar por culo a los médicos, pidió el alta voluntaria y apareció dando tumbos, a por un litro o un cartón de tinto, en el almacén de la Charo. Para beberse la vida, como siempre hizo, de un solo trago. Y ellos, me decía casi en susurros, con su mirada humedecida y socarrona, ellos nunca pudieron, nunca podrán entenderlo.

Fruscella

Anthony “Tony” Fruscella nació un 4 de Febrero de 1927 en Orangeburg, Nueva Jersey, y no parece que tuviera una infancia muy feliz, dado que se crió en un deprimente orfanato de monjas, del que se largó a los quince años. Lo que sí se sabe es que aprendió a tocar la trompeta de manera autodidacta. Quien lo busque en Google poco más encontrará, aparte de su consabida adicción a los barbitúricos y el alcohol. Trató de buscarse la vida tocando en bares de mala muerte – era un habitual del Open Door de New York, un tugurio para músicos pobres donde solían reunirse e improvisar – y hasta en clubs de striptease. Se casó con la cantante y actriz Morgana King – que hizo de Carmela Corleone en El Padrino I y El Padrino II – con la que tuvo una hija. Según contaba esta, algunos fines de semana se reunían, en plan picnic, con Charlie Parker y su familia. A pesar de ser hoy en día – y también entonces –  prácticamente un desconocido, era uno de los músicos preferidos de Jack Kerouac’s que lo cita en “New York Scenes”, de su libro de cuentos “Lonesome Traveler” –   (“What about that guy Tony Fruscella who sits crosslegged on the rug and plays Bach on his trumpet, by ear, and later on at night there he is blowing with the guys at a session, modern jazz…”) – y hay quien lo compara, tanto por su malditismo como por su estilo, con Chet Baker. Estilísticamente encuadrado en el cool más intimista y lírico, llegó a colaborar con gente de la talla de Miles Davis, Lester Young o Gerry Mulligan grabando en 1955 un único disco, magnífico, bajo su nombre. O eso se creía hasta hace poco, ya que en septiembre de 2011 Fresh Sound encontró la joya de una sesión grabada por Fruscella para Atlantic el 22 de Marzo de 1954 que no solo no salió nunca a la luz sino que ni siquiera constó en el fondo discográfico del sello. En dicha sesión participaron Fruscella y otro excelente y desconocido músico y granuja, el lesteriano saxo tenor Brew Moore, así como Bill Triglia – que colaboraría con el gran Charles Mingus – al piano, Teddy Kotick en el contrabajo y Bill Heine a la batería. Fresh Sound completa el álbum con un par de piezas que el trompetista grabo con Stan Getz, cuando estaba en su quinteto, en 1955. A partir de esta fecha, con solo 28 años, desapareció de la escena jazzística, dedicándose a beber y andar tirado por ahí, no apareciendo de nuevo hasta el 14 de Agosto de 1969, en Nueva York, pero ya como un fiambre a causa de la cirrosis.

El caso del hombre serio y formal

desechables

Tenía asumido que el rock era el único vehículo que le podía salvar del mortal aburrimiento de una vida vulgar por lo que siendo casi un crío, en 1981, sin saber tocar la guitarra, montó una banda con dos colegas, Siscu, que era el aporreador de la batería y Tere, la lasciva cantante de solo catorce años. Admiradores de los Ramones, Iggy Pop y los Cramp, se buscaron un nombre sucio y desolador – Desechables – y tras un par de maquetas, primitivas y demoníacas, ruidosas y transgresoras y algunos conciertos desenfrenados, a finales de 1983, aureolados ya de malditismo les llega la oportunidad de grabar un LP en directo, en la mítica sala Rock Ola de Madrid, la catedral del punk y los músicos duros. Un día antes del concierto, el día 22 de Diciembre, en pleno bajón de su depresión o buscando dinero para un chute, Miguel González López entró en una joyería de la calle del Nort, en Villafranca del Penedés. Vestido insólitamente con un traje y sosteniendo en la mano una evidente pistola de juguete, conminó nervioso a la atónita dependienta a que le entregara el dinero y todas la joyas. Escogió un mal momento para dar el palo. La escena fue observada por el propietario, que se encontraba por casualidad en el interior de la tienda, quien tomó su pistola, en este caso una de verdad, y con pasmosa tranquilidad disparó al pecho del asaltante, que fallecía prácticamente en el acto. Tenía 26 años – otros, partidarios de la leyenda, aseguran que 27 – y tuvo también, por lo tanto, la mala suerte de que le faltara uno para alcanzar la edad mítica de los rockeros que, cuando mueren, según parece, ingresan en un selecto club en el infierno.

Chano Domínguez / Niño Josele

 

El gran Chano de Cai con el Niño Josele, en el Café Central de Madrid, interpretando magistralmente “Django”, un tema compuesto, a mediados de los años cincuenta por el pianista y director musical John Lewis para el Modern Jazz Quartet, en memoria del guitarrista Django Reinhardt.

Vendrán tiempos peores

“Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo” – José Emilio Pacheco

Añoro también, le dije, tener simplemente diecinada, veintipocos, irme andando despacio, por la mañana, bostezando y medio en pelotas, a la playa, solo con una toalla, un libro, algunos cigarrillos y veinte pavos para la cervecita del mediodía. Añoro las noches sucesivas sin acordarme de dormir, dejar todo pendiente porque estaba demasiado liado bailando, bebiendo, tratando de follar, añoro tumbarme en la arena y no pensar en nada, atribuirle formas a las nubes, sonriendo, oyendo las gaviotas, las picardías y balonazos de los chaveas de robona. Añoro la caña de pescar en el espigón, no tener horarios ni bandera, comer insaciable cualquier cosa, estar mucho rato en silencio, en mi columpio mental, aburriéndome plácidamente, silbandito, a mi bola. Añoro aquel amigo tunante y calavera, andar por ahí como pollos sin cabeza, con las manos vacías y los bolsillos rotos, muriéndonos de risa, ignorando el carajal, tramando delirantes trapicheos, fantasiosos atracos. Añoro entrar y salir del agua, contemplar los cuerpos flexibles de las chicas al sol, camelar a las guiris y sacarle las bragas y los cuartos. Añoro coger un tren de mala muerte, un mocoso con lo puesto y con postura y volver dichoso y tarambana, roto de brincar por los madriles. Añoro perder sin apostar y sin importarme, hablar con la mirada burlona, disimular a la perfección la tristeza, saber – en efecto, madre – muy poco de la vida. Y añoro, le dije también, no conocer el miedo y tener ganas y que sean mías. De lo que sea.